El tren del sabado
Buenos Aires, sábado. 3 pm, pesado
Eran las tres de la tarde de un sábado plomizo de otoño. De esos días en que las botas nuevas aprietan ante un invierno que no llega del todo.
El peor de los humores salió con ella.
Había estado trabajando desde las 8, con la resaca del viernes y la certidumbre de otro fin de semana igual a los últimos.
Caminó por el medio de la calle milagrosamente desierta.
Constitución se veía pocas veces así.
El cielo se acercaba cada vez más al asfalto y el viento arrancó el nudo de su pelo.
Olía a lluvia, cada vez más.
Sin darse cuenta, caminó justo hasta la estación de tren. Sucia, un remolino de papeles la despertó.
"Y bueno, voy", se mintió a si misma, sabiendo que era lo que quería desde la mañana.
Sacó el boleto de entre los barrotes alguna vez dorados, y caminó hasta el tren.
Se sentó junto a la ventana y apoyó su cabeza en el vidrio.
El viento traía cada vez más olor a lluvia. El ruido del tren anunció la partida.
Cerró los ojos.
Ahí vamos. Cuánto disfrutaba esta pequeña huida.
Miles de colores pasaban afuera, las caras de la poca gente en el vagón.
Esa sensación de estar dentro del movimiento y de ese ruido tan extrañado del destino.
Miró feliz cada uno de los carteles en blanco y negro.
Ya no le apretaban sus botas. Iba a bajar.
Caminó las cuadras a otro ritmo. En otro plano el tren se alejaba.
Las primeras gotas en la estación montaban esa escena que buscaba.
Llegó, finalmente. El olor a café y bizcochuelo salían a través de la ventana blanca.
Esa misma por la que su abuela, la vio llegar.
La estaba esperando, sin saberlo, ninguna de ellas.
Laura Bartolome (la colorada de Nelson bah!)
